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Pateando la calle de la vida con Julieta Gros

Julieta Gros

En Villa Luro, “el barrio de las calles románticas” de Buenos Aires, una bebé inquieta, curiosa y pizpireta recorría descalza su casa. Sus familiares observaban morosamente sus pies, con las plantas oscurecidas de bailar, si es que a esta edad puede llamársele así al movimiento que produce la vida cuando recién florece. Fue a los 4 años que Julieta Gros tomó su primera clase de danza y recuerda que su maestra le dijo que tenía muchas condiciones para bailar. Así inició todo.

Julieta comenzó a tomar clases regulares en una academia de su barrio,  donde conoció el jazz, la danza clásica y los zapateos americano y español. Después de su primera muestra, cuando tenía 6 años, su familia estuvo convencida: “lo de Julieta es la danza y más vale que la estudie en un lugar serio”. Al año siguiente, Julieta tomaría clases con Mercedes Serrano y Wasil Tupin, dos ex bailarines del Ballet Estable del Teatro Colón, que trabajaban en una reconocida academia de Buenos Aires. Para Julieta la ciudad y el barrio eran una suerte de bambalinas callejeras entre su casa y las instituciones donde estudiaba. Nunca andaba mucho por el barrio, en su casa le decían que era  peligroso y por eso le temía.

A sus 9 años, Julieta presentó una audición para ingresar al Instituto Superior de Arte (ISA) del Teatro Colón. El proceso de selección duraba días y en él había más de 300 niñas y unos pocos varones, que intentaban acceder a un proceso de formación gratuito en ballet que duraba 8 años y servía como una suerte de semillero para hacer parte del ballet estable del Teatro: un sueño para todos los postulantes. Julieta estuvo entre los seleccionados y fue en este espacio donde conoció el rigor de la disciplina, los controles de pesaje y el temor a los exámenes eliminatorios que se realizaban cada cuatro años. A los 14 años, antes de terminar su formación, presentó otra audición que la llevó al Ballet Teatro Argentino (BTA) de Julio Bocca.

En el año 2001 ocurrió el Argentinazo, una fuerte crisis política, social y económica que, entre sus consecuencias, implicó la renuncia del entonces presidente Fernando de La Rúa. En medio de este contexto, con 19 años, Julieta trabajó en el Ballet de Iñaqui Urlezaga, donde renunció tras ser admitida en el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, que dependía de la Ciudad de Buenos Aires y era dirigido por Mauricio Wainrot.

Dos años después solicitó una licencia para viajar a Nueva York, donde ingresó a la compañía de Twyla Tharp [1], que exhibía en Broadway el musical Movin´ Out. Estuvo en giras con esta compañía hasta sus 24 años, cuando decidió regresar a Buenos Aires por una temporada e irse a probar suerte a Europa.

Un año después de su regreso a Argentina, a sus 29 años, hizo parte de la compañía de danza Tangokinesis. Posteriormente realizó una audición en la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (CNDC), del Ministerio de Cultura de la Nación. Allí trabajó durante seis años mientras participaba de manera independiente en proyectos de improvisación y performance en el circuito de la danza contemporánea urbana. También fue la oportunidad para terminar su carrera en Ciencias de la comunicación, en la Universidad de Buenos Aires, especializándose en políticas y planificación. Después de estos años de trajines, Julieta decidió irse de viaje. Actualmente, se dedica a investigar y experimentar el movimiento con fines creativos, políticos y pedagógicos.

¿Cómo fue tu primera experiencia en escena?

Tendría yo unos 6 y fue en la muestra de fin de año de la primer academia de danza donde estudié. Mi memoria recoge dos momentos de aquel acontecimiento: por un lado, el caos del camarín, donde decenas de niñas con sus madres corríamos de aquí para allá entre cambio y cambio de vestuario. Por el otro, más allá de las bambalinas, una atmósfera radicalmente diferente, donde no podía volar una mosca sin que todo el mundo la viera. Me  recuerdo bailando en el escenario, haciendo lo mío con mis compañeras, bajo los focos de luz de una sala oscura y llena.

¿Cómo fueron los inicios de tu formación como bailarina?

Después de mi primera academia continué mi formación con Mercedes Serrano y Wasil Tupin, en una academia que quedaba por el barrio de Almagro, a media hora en carro desde mi casa. Mi mamá tenía los minutos contados para alcanzarme y volver a su trabajo en la peor hora del tránsito urbano. Me recuerdo entrando por primera vez con mis pelos sueltos a ese nuevo espacio repleto de rodetes, cancanes rosas y pollerines de tul negro.

Enseguida supe que ahí el sueño era ingresar al Instituto Superior de Arte (ISA) del Teatro Colón y que para eso había que ser muy buena. Pero lo que yo en verdad amaba era tomar las clases de Tupin: el maestro solo daba a estudiantes avanzados y a profesionales, pero por cuestiones de horarios y como excepción, una vez a la semana me tocaba en suerte tomar con él. De modo que era la única niña y me sentía como Alicia en el país de las maravillas. Una de las cosas que más me divertía era cuando  el maestro me hacía pasar al centro para hacer una secuencia de movimientos que de pronto a la mayoría les resultaba compleja. Yo entraba al espacio, me miraba con el pianista y al tiempo oportuno comenzaba a hacer lo mío. La clase entera estallaba en aplausos cuando terminaba, era algo que producía hasta carcajadas. Y cuando la cosa se calmaba, el maestro decía con un toque de picardía: “si ella puede hacerlo…”. Todavía me causa hasta gracia.

Otra cosa que me encantaba era jugar con el pianista, un músico  muy capo que había tocado para la Orquesta Estable del Teatro Colón y me esperaba en todos los equilibrios para dar el último acorde, especialmente en los adagios. Esas eras mis tardes-noches sublimes; momentos privilegiados de la existencia durante mi infancia.

¿Cuándo decidiste dedicarte profesionalmente a la danza?

Creo que nunca decidí realmente dedicarme profesionalmente a la danza; fue algo que simplemente ocurrió. Ni siquiera tenía edad suficiente para presentarme a la audición y de no haber sido por una amiga que me insistió para que la acompañara a inscribirse, nunca me hubiera imaginado lo que terminó siendo mi destino.

Háblanos un poco sobre tu experiencia en el Ballet Teatro Argentino (BTA), con Julio Bocca…

Mi ingreso al BTA fue una verdadera sorpresa y durante los cinco años que trabajé allí, estudié y me formé con maestros y coreógrafos nacionales e internacionales de técnicas y estéticas muy diversas, que Bocca convocaba para el entrenamiento y producción artística de su ballet (que, de hecho, trascendía los límites formales del ballet). Fue un período muy enriquecedor, como así también el hecho de viajar por todo el mundo ya que hacíamos giras constantemente. No obstante, el contexto laboral era demasiado competitivo y enseguida me vi atravesada por presiones y tensiones que pusieron en riesgo mi salud y mi estabilidad emocional durante mi adolescencia, haciéndome cada vez más difícil disfrutar realmente de toda esa abundancia.

A propósito, ¿cómo inició tu experiencia profesional en el campo de la danza?

A los 19 años, en medio de la crisis, renuncié a mi primer trabajo y tuve que vivir algunos meses de mis ahorros, hasta que conseguí trabajar en el Ballet de Iñaqui Urlezaga en la ciudad de La Plata, a dos horas en bus desde mi casa. La paga era malísima y recuerdo que gastaba la mitad en el transporte. Por fortuna, fue solo una transición.  A finales de 2001 ingresé por audición al Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, dirigido en ese entonces por Mauricio Wainrot, con quien ya había trabajado años atrás en el BTA. Si bien el del San Martín no era el mundo rígido, competitivo y sacrificado del Ballet, era igualmente disciplinario, además de patriarcal y explotador. Estuve poco tiempo.

Cuando se busca Julieta Gros en internet, es imposible no enterarse sobre tu paso por Broadway, ¿quieres contarnos un poco sobre ese momento de tu vida?

A mediados de 2003, cumpliendo las 21 vueltas al sol, conseguí un permiso de licencia en el San Martín y me fui a Nueva York a participar en un concurso de ballet que tenía un mes de duración. No llegué ni a la segunda ronda, pero sí conseguí un contrato para trabajar con el nuevo elenco que se estaba formando para llevar de gira una obra de Twyla Tharp, Movin´ Out, que hacía meses se mantenía exitosamente en cartel en Broadway. Fue una verdadera alegría. Volví a mi país, renuncié al San Martín y ese fin de año pasé las fiestas en el invierno neoyorquino.

Allí ensayé unos meses con Twyla y la compañía, y una vez listos, partimos de gira. Viajamos por todos los Estados Unidos y llegamos hasta Montreal, en Canadá. Tengo calculado haber hecho un promedio de 300 funciones al año -más de 600 en total-, con doble función los fines de semana. Por más de dos años acompañé a la compañía en su eterna gira que los llevó hasta Londres y Japón.  A su modo fue una experiencia muy divertida y algo glamurosa, físicamente exigida y artísticamente monótona; pero con unas condiciones laborales inmejorables y la mejor paga que yo he tenido en mi vida.  

¿Y qué hiciste después de esta experiencia?

A los 24 me tomé del timón y desde Miami regresé a Buenos Aires, solo por unos meses, pues mi objetivo era encarar hacia Europa y probar allí mi suerte. Pronto encontré un trabajo en Turín, bellísima ciudad del Norte de Italia, en una pequeña compañía de autor, donde trabajé poco menos de un año; una experiencia sin ton ni son. Comprendí que, a la larga, Europa posiblemente ampliaría mis posibilidades profesionales, pero eso implicaba soltar otros deseos y afectos que estaban en Buenos Aires y que no quería perder ni posponer. Enseguida supe que debía regresar por ellos.

¿Cómo fue el regreso a Argentina?

Ya en Buenos Aires retomé los estudios universitarios que había dejado en suspenso antes de irme a Nueva York y logré reinsertarme en el circuito de la danza porteña de la mano de Ana María Stekelman, coreógrafa y directora de la compañía Tangokinesis, con quién también había tenido la oportunidad de trabajar en mis tiempos de Julio Bocca. Hacía años que Ana venía incursionando en la fusión del tango con el contemporáneo, algo que siempre me gustó y que hoy por hoy sigo investigando, aunque ya por otros lados.

En 2011, a mis 28 años, ingresé por audición  a la Compañía Nacional de Danza Contemporánea (CNDC). Mi pasaje por ese espacio fue un antes y un después en mi vida y en mi carrera artística, una experiencia de muchísimo aprendizaje en diferentes niveles y aspectos. Allí conocí y profundicé mi interés por el trabajo de la improvisación y la interpretación; tomé clases y seminarios de técnicas variadas como el release, el contact, el flying low y el passing through, entre otras. También tuve una participación muy activa en la producción de pensamiento y reflexión crítica sobre la gestión de la institución. La CNDC, si bien enmarcada dentro de la estructura jerárquica y piramidal propia del Estado, procuró desde un principio mantener cierta autonomía  artística y administrativa, ensayando diversas formas de organización tendientes a lo participativo, lo horizontal y la autogestión.

¿Cómo ha sido tu experiencia como docente?

Nunca me presento como docente sino más bien como mensajera. No hablo de mi propia pedagogía, ni de mi propio estilo, tampoco de mi propia técnica. Para mí la docencia es el oficio de unos pocos sabios.

En este orden de ideas, ¿cuáles son tus planes para el seminario que ofrecerás en Medellín, durante el mes de julio?

Tengo más preguntas que certezas. Independientemente de si sea de ballet o de contemporáneo, dudo si la técnica sea el lugar desde el cual convenga partir a la hora de compartir lo que deseo investigar con los y las asistentes, que apenas conozco. Por fortuna hay mucha libertad de decidir sobre este aspecto. De modo que todo está en proceso y seguirá estándolo, supongo yo, incluso durante el propio encuentro.

Lo que sí me parece muy importante, en relación con la construcción del conocimiento desde el cuerpo, es que de niños y niñas aprendamos a observar lo que sentimos. Cuando respiramos, hablamos, caminamos, nos paramos a esperar el bus, cuando nos cepillamos los dientes, cortamos la verdura; o en los momentos en que nos bañamos, nos sentamos, nos vestimos, nos calzamos… en cada una de esas microacciones lo que estamos produciendo es una determinada relación con nuestro propio cuerpo. Una relación que dura toda la vida y sobre la cual, en la escuela y en la casa, nos hablan poco y nada. Lo que no aprendemos o aprendemos mal desde pequeños, se expresa con los años en forma de hábitos que pueden ser muy nocivos y difícilmente transformables.

También espero compartir mi deseo de correr las fronteras de lo que comúnmente conocemos como danza, de difuminar esos bordes y de sostenerse allí, en esa experiencia de pasaje, de borde; pues comprendo que es allí donde la vida se agita y el movimiento brota inevitablemente: navegar en el misterioso mundo de las bambalinas. Es en ese espacio del entre donde hoy por hoy me interesa investigar y profundizar. Estoy contenta de viajar y visitar nuevamente Medellín, o mejor dicho Medallo, como dicen por allá los paisas.

Uno de los elementos clave de la propuesta de Iberescena que te trae a Medellín son las formas de habitar y comprender la ciudad ¿Qué pensas de las ciudades, cómo sientes estos espacios y su relación con el cuerpo?

Pienso en la ciudad como centro, y cuando pienso en el centro de Buenos Aires, se me viene el caos del microcentro, y justo en el centro del microcentro del centro, un enorme obelisco blanco. Un verdadero fastidio caminar por allí realmente, cuando la ley que rige es la del más fuerte y donde no vaya a ser que te distraigas un segundo que enseguida te insultan o te llevan puesta. Y ojo que no me refiero únicamente a los conductores y conductoras, sino también a los y las peatones, que con sus caras pegadas a los dispositivos móviles suman tensiones con la más completa inconsciencia.

Pienso en las marchas, los paros, las huelgas, las intervenciones, los cortes, las batallas, las abuelas.  Las banderas, los festivales, los recitales, las fiestas. El 8 y el 24 de Marzo, el 1 de Mayo y el 28 de Junio [2]. Cuando pienso en esos espacios, lo primero que se me viene es una imagen subjetiva: soy yo caminado por la calle, pateando la calle como decimos acá. Es algo que hago mucho últimamente, una práctica que adoro y que comparto a quienes se interesen pues ha vuelto más profundamente bella la trama de mi experiencia al andar:  una verdadera danza callejera.

También pienso en la antigua ciudad de Atenas, en la época de los peripatéticos, cuando estudiar consistía en aprender sobre la vida y sus misterios, pateando las calles del ágora junto a amigos y maestros. Cosa de hombres, eso sí, pero rescatable como método. Pienso en otras ciudades diferentes a Buenos Aires, Berlín por ejemplo, una de las que más aprecio. Caminar por allí es un verdadero placer: uno va como ligero, al tiempo, los parques son un sueño. Dicen que el invierno es muy fulero y que todo se esfuma en poco tiempo.

Y pienso que cada tanto es necesario tomarse un descanso y acercarse a la natura: “la vida sin fiesta es como un largo camino sin posadas”, decía Demócrito. No puedo estar más de acuerdo, por eso viajo. Entre la natura y la cultura siempre ando y bailo.

Para finalizar, ¿qué es la danza para Julieta Gros?

Un viaje, un destino, un camino, una profesión;

Un cuento, una herida, una grieta, un dolor. 

Un portal, una alegría, un juego, un girasol.

Un descanso, un poema, una entrega, una pasión.

Una vida. Una maestra. Un vínculo. Un gran amor.

Una duende, una guerrera, una bruja.

Un gran montón.


[1] Twyala Tharpeya (Estados Unidos, 1941), conocida como Twyla Tharp, es una coreógrafa, ex-bailarina y directora de danza.

[2] 8 de marzo: Día de la Mujer. 24 de marzo: en Argentina se celebra el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. 1 de mayo: Día del Trabajo. 28 de Junio: en Argentina se celebra el Día del Orgullo Gay.

2 comentarios en “Pateando la calle de la vida con Julieta Gros

  1. No entiendo que es lo que he estado buscando en internet como para toparme con esta entrevista. He podido ser parte de esos primeros 5 años de experiencia artística que ha tenido Julieta en la compañía de Julio Bocca, siempre la he admirado porque era muy talentosa en todo lo que ejecutaba, tocaba el piano muy bien, hablaba inglés súper bien, era extremadamente madura, aprendía y ejecutaba muy bien cualquier género técnico de danza que se le cruzaba y entre tantas cosas estéticamente enamoraba, era y supongo que aún será una mujer con una mirada auténtica y que en lo personal me cautivaba y me enamoraba.

    Me alegra enormemente haber leído esta entrevista y si de alguna manera ella se pudiera enterar de este comentario que estoy dejando ahora me gustaría que se entere de que la quiero muchísimo.

    Nada más, espero que la vida la esté dando toda la felicidad que se merece.

    Christian Alessandria.

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